PROCESO
El país y la justicia
Enrique Maza
“Me gustaría poder amar a mi país y amar al mismo
tiempo la justicia”, escribió el literato francés
Albert Camus. Es un deseo que podemos repetir y
repetimos en México desde hace mucho tiempo. Y a
juzgar por lo que hoy vivimos, lo seguiremos
repitiendo, sea quien sea y de la manera que sea el
que suba al poder; sean quienes sean los que tienen el
dinero, y sea la que sea la manera como lo obtienen.
El nuestro no es un país de justicia. Ni de
conciencia.
El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial lo
acaban de decir hace unos días: la lenta reducción de
la pobreza en México se debe a la “alta concentración
de la riqueza y a la baja tasa de crecimiento de la
economía”. “La apertura en el campo expulsó a una
cuarta parte de su población”. “La reducción de la
pobreza en México es más lenta que en otras regiones,
como Asia, por el alto nivel de inequidad que existe
en el país”. Lo obvio: la pobreza no se reduce por causa de “una
extraordinaria concentración de la riqueza”, según el
Banco Mundial y el FMI, que plantean la necesidad
urgente de “atacar la enorme desigualdad”.
Basta ver el cinismo de Fox y de su
esposa. Basta ver la cachaza con que asumen Calderón y
el PAN la presidencia robada, igual que la asumieron
por décadas los priistas, igual que la asumen los
señorones del dinero transa tras transa y tajada tras
tajada, mientras hay en el país esa pobreza
mayoritaria que llega escandalosamente a la miseria.
Basta la venta de Aeroméxico como botón de muestra.
México es un país con unos cuantos dueños. Sólo así se
hace posible la convivencia de una acumulación
impúdica de la riqueza y de una pobreza que llega a
sobrepasar los límites de la tragedia. Son las
conclusiones del Banco Mundial y del FMI, alarmados…
Es la realidad que vivimos, que nos obliga a escoger
entre el país y la justicia.
Hay que comprender a la sociedad de un modo exacto, en
su esencia económica y, derivadamente, política, para
poder sacarle provecho. De ahí la despiadada
imposición del dinero y del poder. Hay que tener el
control inteligente del comportamiento humano, el
control inteligente de los procesos sociales y, por
supuesto, el control económico, el control del dinero,
sin soluciones negociadas que impidan ese control.
Así, los fenómenos culturales se reducen a problemas
de comportamiento. De ahí la necesidad de una
estrategia basada en la psicología social, en el
control político y en la concentración del dinero. Esa
es la misión. Eso son la mayoría de los partidos. Por
no decir que todos. Eso han sido los presidentes de
México, sobre todo desde Salinas de Gortari, incluida
la copresidencia de Marta y de su cónyuge, y la
continuidad de Calderón. Y eso son los medios de
comunicación audiovisuales y muchos escritos, porque
eso son la publicidad y el modelo económico-social que
nos impone el conductismo político y social cuyo fin
es la concentración de la riqueza. Así, nunca podrá
haber justicia en este país.
Esta orientación, esta actitud y esta voluntad están
penetrando profundamente las fibras del espíritu
nacional. Es raro que una decisión económica o
política no persiga una utilidad práctica en beneficio
de los poderosos económicos y políticos.
En suma, controlar los comportamientos humanos y los
procesos sociales, en beneficio de los que acumulan y
manejan la riqueza y el poder, y someten y utilizan a
los hombres, a los pueblos y a las razas que ellos
consideran inferiores.
El país tiene que quedar en las manos de los que sí
comprenden la importancia de acumular las riquezas
para su provecho y gozo personal y para unirnos al
primer mundo y a sus beneficios.
Hay un surgimiento popular cada vez más fuerte y más
consciente que se niega a ser el eterno peón hambreado
de ricos y poderosos. Ese es el enfrentamiento que
vivimos en el México actual y que va creciendo en
conciencia de la injusticia en que lo obligan a vivir
y en la lucha para cambiar esa situación.